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#Reseñoviembre - DÍA 4

DÍA 4 - ACUSADO

ESCLAVOS DE FRANCO, de Chesus Calvo. GP Ediciones (2019)



A nadie se le escapa qué connotaciones traen consigo vocablos como campo de concentración o gulag. Lugares de barbarie en los que se recluía a prisioneros acusados de ir contra los principios de los regímenes imperantes mientras malvivían en penosas condiciones y se veían obligados a desempeñar trabajos forzadas.
Quizá sea uno de los aspectos más desconocidos por el grueso de la población, pero nuestro país también albergó ese tipo de centros. En primera instancia, sus reclusos tenían la clasificación de desafectos. Es decir, que habían sido acusados de contar con antecedentes desfavorables por no comulgar con el ideario nacional. Tiempo después, además de contar con presos políticos (con tendencia a la izquierda y republicanos), acogerían también a presos comunes.
En esos campamentos de prisioneros, los trabajos forzados en una suerte de explotación laboral estaban a la orden del día (su punto álgido estuvo a comienzos de los años 40). Los dirigentes nacionales lo vieron claro: los presos eran mano de obra barata para acometer diversas empresas. Se estableció, pues, un sistema de redención de penas dirigido desde un Patronato Central que tenía como fines compensar la carga de manutención de esos presos, ayudar a restaurar y reconstruir las edificaciones e infraestructuras dañadas durante la contienda del 36-39 y corregir el comportamiento del prisionero, de forma que adquirieran el hábito de la obediencia. Labores supuestamente remuneradas con salarios mínimos, que se enviaban a las familias, o en ocasiones nulos.

Sobre las condiciones de esos campamentos y de los trabajos que realizaban esos presos existen diversas investigaciones y trabajos publicados (Esclavos del Franquismo en los Pirineos, de Fernando Mendiola y Edurne Beaumont [ed. Txalaparta], por ejemplo) así como documentos audiovisuales (Desafectos o Trabajadoriak, ambos disponibles en Vimeo), que se erigen como salvaguarda y altavoz de la memoria histórica de un país que debe conocer su pasado más reciente. Y en esa línea se enmarca ESCLAVOS DE FRANCO, de Chesus Calvo (GP ediciones).

Este tebeo nos cuenta la historia de Julián, uno de tantos acusados anónimos que fueron presos en esas instalaciones en condiciones insalubres, infrahumanas y de explotación. Una narración circular que no está ambientada en un campo de prisioneros concreto, sino que constituye la esencia de esos campamentos, en la que nos hacemos a la idea a la perfección de lo que suponía vivir allí recluido y de esa conmutación de penas por trabajo en la reconstrucción de los destrozos producidos durante la contienda, preconizado por el Patronato Central de Redención de Penas. El de Julián es el relato vital de tantos y tantos jóvenes que vieron como la Guerra Civil truncaba sus vidas. Una de esas personas que nunca figurará en ningún libro de historia a título individual pero que forma parte de esa masa anónima de gentes que padecen y sirven de armazón para las gestas que se consignan por los vencedores, quienes escriben la Historia en todas las civilizaciones.

Elaborado a partir de una potente base documental, en un estilo propio de la BD y con una paleta de colores que traslada al lector a cada momento emocional, Esclavos de Franco es un validísimo testimonio de un tiempo que fue. Apto para todos los públicos, se me antoja un formato asequible e idóneo para acercar la memoria histórica a los jóvenes.

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